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Historia
Cuando llegó el Barco Nuestra Señora de la Encina, el 19 de noviembre de 1728, trayendo las familias canarias que contribuirían a fundar la ciudad de Montevideo, éstas fueron recibidas por varios vecinos procedentes de Buenos Aires que ya se encontraban establecidos en el lugar. Se menciona a Juan Bautista Callo, Juan Antonio Artigas, Jorge Burgues y Eugenio Eustache, a quien apodaban “El Pistolete”, “… dueño de la Pulpería…”, que ya se encontraba abierta entre las pocas casas que por entonces había en el lado este de la bahía.
Lo que hoy es El Hacha era entonces, antes de concluido el proceso fundacional de Montevideo en 1730, la Pulpería de Eugenio Eustache, “el Pistolete”. Desde esta esquina, desde lo que es hoy el cruce de Buenos Aires y Maciel se vio crecer la ciudad de a poco. El puerto y sus depósitos; las casas de inquilinato, los saladeros, los edificios públicos y de gobierno, las oficinas y las residencias, el Cabildo y la Catedral, casi toda la Ciudad Vieja, sus plazas y buena parte de las murallas, fueron construidas por criollos e inmigrantes. Muchos de estos primeros habitantes de Montevideo comenzaban su jornada, o la cerraban, en la vieja pulpería.
En la segunda mitad del Siglo XVIII, continuó como la Pulpería de Juan Vázquez, por entonces su propietario.
Desde el 15 de abril de 1794, sin embargo, la trágica circunstancia de un crimen en el que Bernardo Paniagua, uno de sus dependientes, es asesinado de un hachazo por Domenico Gambini, marinero Ligur, hizo innecesario volver a bautizarlo. Antes de que Gambini fuera apresado, juzgado y condenado en Buenos Aires; antes de que fuera ejecutado en Montevideo en cumplimiento de su sentencia, se le llamaría, para siempre, El Hacha.
Juan Vázquez, el propietario de entonces, conservaría durante mucho tiempo el hacha homicida atada a las rejas de la pulpería.
En el Siglo XIX pasó de pulpería a almacén de ramos generales. En el siglo veinte fue almacén, después cantina y bar. Fue siempre la referencia de un barrio de gente trabajadora, de criollos, de familias inmigrantes que vivían en una ciudad que crecía irradiándose desde el puerto. Aquí se convivió con los invasores Ingleses. Se habló de Fernando VII. Se discutió la Convención Preliminar de Paz y se celebró la Jura de la Constitución.
Sus muros guardan hoy el testimonio fotográfico de muchos de sus propietarios, amigos, vecinos y clientes de fines del siglo XIX y de todo el siglo XX; del barrio y sus deportes, el fútbol, el box del Olimpia y la natación desde la chata del Guruyú. Roque Gastón Máspoli, Dogomar Martínez, y el “Sapito” Álvarez, fueron habitués de sus modestos y cálidos espacios. Aquí Tito Cabano, desde su silla al lado de la puerta, compuso el Tango “Un Boliche”.
El Hacha fue de todos e hizo de todo en este rincón del barrio con el alma más grande de Montevideo: tuvo su propio equipo de fútbol y un Stud. Los abuelos de hoy vienen a ver sus fotos infantiles, cuando llegaban de niños de la mano de sus padres y abuelos en los años de 1920 y 1930.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, y todo el XX, se reunían en El Hacha, para terminar juntos la velada militante, vecinos integrantes de los baluartes del barrio, pertenecientes a todos los partidos políticos. Desde su mostrador y sus mesas se siguieron, con el despliegue de las “sábanas” de los diarios de la mañana y de la tarde y en la voz ronca profunda y emocionada de una radio de madera lustrada, el desenlace de las guerras y los destinos del mundo. Se vivió minuto a minuto la Batalla del Río de la Plata y la muerte del Graf Spee. Se celebraron y lloraron los campeonatos mundiales de fútbol. Todos los Presidentes de la República, alguna vez, pasaron por El Hacha.
Allí están las chapitas con los nombres en el respaldo de las sillas, y allí se quedan para siempre.

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